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Vida Judía en la Argentina – Aportes para el Bicentenario (2010)

Espacio de Arte Muestras

Vida judía en la Argentina

Aportes para el Bicentenario

Por Elio Kapszuk y Ana E. Weinstein

En el marco de la celebración del Bicentenario de la República Argentina y la designación de nuestro país como invitado de honor en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, la Cancillería Argentina, a través del Comité Frankfurt 2010 (COFRA), propuso la posibilidad de realizar una muestra temática relacionada con algunos aspectos relevantes de la vida judía en Argentina, seguramente porque entendió que valía la pena aprovechar esta oportunidad histórica para pensar los distintos factores que nos han ido conformando como país, entre ellos, el aporte de las diferentes comunidades que lo integran.

Los argentinos durante el 2010 conmemoramos lo transcurrido hace 200 años cuando el 25 de mayo de 1810 se declaró al Cabildo como órgano representativo de la voluntad popular, depositario de la soberanía y se conformó la Primera Junta de Gobierno. Así comenzó el proceso de la lucha por la independencia de la Nación Argentina frente al dominio español que reinaba hasta ese entonces.

Dos siglos después es valorada la diversidad como marca fundamental de la identidad argentina.

Acerca del marco conceptual

La presente muestra ha sido preparada especialmente para ser exhibida en el Museo Judío de Berlín, concebido y construido por el arquitecto Daniel Libeskind. El edificio es en sí una obra de arte y tiene una contundencia que impacta, es una “escultura arquitectónica” cuyo objetivo es transformar la misión institucional del museo en una experiencia corporal y compleja.

Esta impronta es tan fuerte que nos significó un gran desafío al momento de pensar una muestra que no terminase subsumida frente a tanta magnitud. Con este objetivo en mente, tomamos la decisión de generar un diálogo con esos espacios, creando instalaciones basadas en contenidos y con mensajes conceptuales que le diesen un marco de fortaleza a la vivencia.

Los ejes conceptuales que debíamos conjugar, buscando puntos de contacto, estaban relacionados por un lado con el sostenimiento permanente de la memoria y por el otro con aspectos de la comunidad judía en tanto elementos simbólicos que reflejasen la integración creativa de las minorías inmigratorias a la consolidación de la sociedad argentina.

El marco conceptual del que parte nuestra propuesta, en lo que hace al sostenimiento de la memoria es que ésta, como elemento constitutivo de la identidad, es un proceso subjetivo de selección de los acontecimientos pasados, es la resolución de la tensión entre el recuerdo y el olvido. Sin embargo, la memoria no es un proceso natural ni espontáneo. Requiere de acciones capaces de detener el trabajo corrosivo del olvido, haciendo volver al presente aquello que sucedió y que se desea recordar.

Existen innumerables ejemplos relacionados con el arte que se compromete con la preservación de la memoria, muchas veces convirtiéndose en el ícono simbólico de la recordación y en otras con la intención adicional de generar “acciones por la memoria” que apelen a la participación de quienes mediante su involucramiento personal asumen y expresan la apropiación de aquello que se busca no olvidar.

Para que la memoria sea eficaz, tiene que generar una actitud de pertenencia. La sola recordación de aquello que sucedió puede llegar a promover un grado de comprensión, pero no el suficiente como para convertirse en un elemento constitutivo de la identidad de una nación o de una persona. Para que ello suceda, se requiere una resignificación permanentemente de esa memoria, con capacidad de impulsar la participación activa del sujeto y haciéndolo sentir ese acontecimiento como si lo hubiese vivido personalmente, dándole sentido a su presente.

Entendemos que estos conceptos relacionados con la permanente recreación de la memoria pueden ser facilitadores para un abordaje y debate de otras temáticas como la de las grandes migraciones de la era moderna o la del multiculturalismo posmoderno. Un abordaje que también revaloriza los ejes de articulación entre las memorias de las identidades particulares con la construcción de la memoria colectiva, su permanente y enriquecedora resignificación a partir de los aportes de aquellas. Es éste el punto de articulación con el segundo concepto planteado anteriormente, el de la integración de la comunidad judía argentina como una de las que expresa el valor de la convivencia en la diversidad.

Un punto de contacto entre ambos conceptos puede ser también el hecho de que están siendo resignificadas en la sociedad argentina las reflexiones y las acciones relacionadas con la preservación de la memoria de lo sucedido durante la última dictadura militar de la década del ’70, y también aquellas destinadas a recordar y reclamar justicia por las víctimas del atentado a la comunidad judía perpetrado en julio de 1994 en el edificio de AMIA.

Acerca de la Comunidad Judía en la Argentina

Esta muestra es el marco apropiado para reflejar la riqueza y creatividad con la que se ha ido estructurando la sociedad argentina, construida con la presencia de quienes la poblaban desde sus orígenes, luego de la colonización hispánica, a los que se sumaron los aportes de los diferentes grupos de inmigrantes que se fueron radicando en todos los confines de su territorio.

Uno de esos grupos inmigratorios fue el de los judíos, que fueron llegando y desplegando su accionar desde su particular memoria histórica, cultural y religiosa.

En el contexto de la política de promoción inmigratoria que la Argentina propiciaba, la presencia de inmigrantes judíos se registra en los años ‘6o del siglo XIX. Es el momento en el que comienza en la ciudad de Buenos Aires la vida judía organizada cuando un reducido grupo de pioneros judíos de origen francés, alemán e inglés, arribados individualmente crean en 1862, la Congregación Israelita. Los inspiraban sus deseos de encontrar, como muy pequeña minoría, un espacio propio en el contexto de la sociedad general para ejercer sus tradiciones y rituales religiosos vinculados principalmente con casamientos, registro de nacimientos, y al cementerio. Esos primeros inmigrantes judíos fueron seguidos por otros provenientes del Marruecos español que crearon su comunidad en 1890.

Más allá de lo realizado por esos pequeños grupos pioneros, el momento más comúnmente mencionado como aquel que marca el verdadero comienzo de la vida judía en el país corresponde a la llegada de más de 120 familias en el vapor Wesser, el 14 de agosto de 1889, como primer contingente organizado. Este grupo de inmigrantes judíos que venía escapando de los pogroms de la Rusia zarista es el que da origen a la singular experiencia de la Colonización agrícola judía en la Argentina, la que por su trascendencia e impacto ocupa un lugar destacado el relato histórico argentino y en el de la historia judía moderna.

Esta trascendencia está íntimamente relacionada con el Barón Mauricio Hirsch, filántropo judío alemán que creo la Jewish Colonization Association (JCA), la cual permitió la salida de miles de judíos oprimidos de Europa Oriental hacia otras regiones en las que pudiesen vivir en libertad, buscando “la tierra prometida”. Creó decenas de colonias agrícolas en diferentes provincias del país y facilitó a los colonos el acceso a la tierra, a las herramientas de trabajo y a una vivencia comunitaria que incluía la escuela, el centro socio-cultural, y el sinagogal.

Con su ayuda se fundaron, entre muchas otras, las colonias de Moisés Ville en Santa Fe, Mauricio y Rivera en la Provincia de Buenos Aires y Basavilbaso en Entre Ríos. El vinculo que desarrollaron los colonos judíos con la tierra y el folklore argentinos inspiraba su ilusión de establecer por generaciones su retomo al contacto con el campo, aculturados en la sociedad general. Es allí, en ese sueño, que nace la mítica figura del “gaucho judío”, que da titulo al emblemático libro de Alberto Gerchunoff escrito en homenaje al Primer Centenario de la Argentina.

Los inmigrantes judíos manifestaron desde un primer momento una conmovedora vitalidad creativa que se expresó en este contexto rural de las colonias con la expansión de escuelas, centros de salud, desarrollo de nuevos cultivos -como el girasol-, y muy significativamente, con la creación y consolidación del Cooperativismo agrícola, cuya institución inicial data del año 1900.

En el contexto urbano, desde fines del siglo XIX, se fue registrando la llegada masiva de inmigrantes judíos provenientes de Europa Oriental y Central, de países de la cuenca del Mediterráneo y de Medio Oriente. La afluencia fue muy significativa en las primeras décadas del siglo siguiente, con una interrupción durante la Primera Guerra Mundial. Se reinició intensamente entre los años ‘20 hasta fines de la década del 30, época ésta en la que se fueron reduciendo las posibilidades inmigratorias, a pesar de la urgente necesidad que tenían los judíos perseguidos por el avance del nazismo en Europa de encontrar un nuevo hogar donde refugiarse. Con la llegada de sobrevivientes del Holocausto a fines de la década del ’40, finaliza prácticamente el ciclo inmigratorio judío a la Argentina.

El hecho que caracteriza a estos diferentes grupos inmigratorios es el extenso número de terruños de los que provenían, de los cuales trajeron consigo la cultura, la lengua y las costumbres propias de esos países de origen, compartiendo al mismo tiempo entre todos ellos su adhesión a componentes identitarios judíos que emanaban de su historia compartida, sus rituales, sus valores y su tradición milenaria.

Esta diversidad geográfica es la que da origen a diferentes formas de vivir su identidad judía, de afirmar sus preferencias idiomáticas, culturales, ideológicas y políticas, la que se ve expresada en la intensa y fecunda vida institucional, mayormente en Buenos Aires y en las provincias de la Argentina.

La vitalidad creativa de los inmigrantes judíos urbanos se fue organizando a través de las iniciativas personales y las de instituciones que se dedicaron a atender las necesidades de los integrantes de la comunidad judía, en los diferentes momentos y etapas que éstos iban atravesando.

Es así que para ayudar a resolver las situaciones que tenían que afrontar los inmigrantes recién llegados, se creó en 1894 la Jevrá Kedushá, hoy aún existente con el nombre de AMIA. A través ella se desplegó una ayuda mutua solidaria para el sustento económico, para la creación de escuelas y centros culturales y para facilitar la articulación con la sociedad general, de la que comenzaban a ser parte.

Se crearon sinagogas aschkenazies y sefaradies, escuelas idishista y hebraistas, agrupaciones políticas judías socialistas, anarquistas, sionistas y tradicionalistas, sindicatos judíos adheridos al movimiento obrero nacional, periódicos en castellano, idish, hebreo y alemán, que publicaban literatura argentina traducida a esos idiomas y literatura judía traducida al español, centros sociales y asistenciales, centros culturales y deportivos, bibliotecas y teatros. Todas ellas tenían como misión acompañar la integración de los miembros de la comunidad judía a la sociedad general, preservando al mismo tiempo su particularidad judía, sus valores, ideales, folclore, tradición, ritual religioso y la estrecha relación con Israel como estado judío.

Los inmigrantes judíos en los años de inmigración masiva empezaron en general insertándose en los niveles más primarios de la actividad económica, como vendedores ambulantes, obreros y artesanos. El ascenso económico y social promovido básicamente por la educación pública y el desarrollo socio económico del país, les permitió, junto a los otros miles de inmigrantes, una rápida desproletarización y una creciente inserción en la clase media, un progreso que los ubicó mayormente en las ramas de las actividades comerciales, industriales y profesionales.

La vida judía en la argentina no estuvo exenta de momentos duros, de confrontación y dolor. Son testimonio de ello la Semana Trágica de 1919, que pasó de ser huelga obrera a convertirse en persecuciones y matanza de judíos, las limitaciones al ingreso de inmigrantes judíos en la década del 30′, la presencia y difusión de la ideología nazi en sectores de la sociedad con ingreso de criminales en la posguerra, las acciones antisemitas de grupos nacionalistas y ligados a la causa árabe, la especial violencia en el tratamiento de detenidos judíos durante los años de la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 y los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA en 1992 y 1994 respectivamente.

Sobreponiéndose a esas difíciles situaciones, a lo largo de este casi siglo y medio de vida judía organizada en la Argentina, las generaciones de descendientes de todos esos inmigrantes se convirtieron en parte constitutiva de la sociedad argentina y partícipes activos de la modernización industrial, el desarrollo de las ciencias, el avance de la educación, el florecimiento de la literatura, la música, las artes plásticas, la radiofonía, la televisión y de muchos ámbitos más.

Desde todos ellos, la Comunidad Judía de la Argentina, la sexta en importancia en el mundo, sigue hoy aportando su mejor esfuerzo al servicio del bienestar colectivo, a la construcción del país y al fortalecimiento de una sociedad democrática, pluralista, justa y basada en una coexistencia que encuentre en la diversidad y el pluralismo un valor a honrar.

Acerca de la construcción de una obra participativa colectiva

Existe diversidad solo si hay memoria y ella se nutre de las vivencias individuales y colectivas que requieren, para su preservación, de un despliegue de estrategias conmemorativas. Se hacen imprescindibles los aniversarios, la creación de espacios, acciones urbanas, muestras y exhibiciones para darle continuidad a la memoria como marco identitario, promoviendo el abandono del lugar de observador para pasar a ser un constructor de una obra colectiva: la memoria.

Recordar no es un acto de nostalgia y pérdida, es compromiso hacia el futuro. Porque cuando se habla de memoria se habla de identidad y de historia, de justicia y de verdad, del derecho a la diferencia y de la unidad en la diversidad. Las acciones por la memoria basadas en experiencias artísticas adquieren la capacidad de preguntar y en definitiva son una apelación frente a hechos como el Holocausto, la dictadura en la Argentina, el atentado a la AMIA, o cualquier hecho nefasto de la historia reciente. Estas acciones sirven para manifestar una de las características más bellas del arte: incomodar y cuestionar.

Las personas tienen una gran capacidad para acostumbrarse a las tragedias, las incorporan y conviven naturalmente con ellas. Las someten a un proceso de normalización, sacándole de esta manera su carácter extraordinario y las convierten en un elemento más de nuestra cotidianeidad.

Es muy conocida la sentencia de Theodor Adorno acerca del hecho que después del Holocausto el arte no tenía sentido. Si bien existe consenso de que esa expresión fue equívoca, está vinculada al asombro por tanto horror y a la imposibilidad, en ese momento, de pensar en crear “belleza”. Lo que parece innegable, es que el Holocausto es una bisagra en muchas de las expresiones del hombre.

Los estudios sobre la memoria empezaron a indagar las relaciones entre identidad y memoria, los usos del pasado, memoria e historia, la transmisión generacional y sobre los lugares de la memoria. Autores como Tzvetan Todorov hablan de la memoria como un derecho que no se puede impedir, pero que cuando se trata de una experiencia excepcional o trágica, ese derecho se transforma en un deber, el de recordar, el de testimoniar. Este filósofo trae un ejemplo sobre la recuperación de la memoria: es el del Memorial de los judíos deportados de Francia que creó el artista Serge Klarsfeld. Frente al intento de los nazis, que quisieron aniquilar a los judíos sin dejar rastros, este memorial recupera con simpleza consternadora los nombres propios, las fechas de nacimiento y las de partida hacia los campos de exterminio de las víctimas del Holocausto, restableciendo la dignidad humana de los masacrados. “La vida ha sucumbido ante la muerte, pero la memoria sale victoriosa en su combate contra la nada”, dice Todorov.

El concepto de memoria al que habitualmente se hace referencia es el relacionado con la reconstrucción del pasado desde el presente y tuvo su origen a principios del siglo XX, a partir de la preocupación por el cambio social y posteriormente por el impacto de la Primera Guerra Mundial. Todos coinciden, sin embargo, como dice la doctora en antropología Ludmilla Da Silva Catela, que es a partir de la Segunda Guerra Mundial y del impacto social causado por los recuerdos traumáticos y lacerantes de los testimonios de las victimas del Holocausto que la memoria adquiere un rol público fundamental y se erige en una herramienta de demanda de justicia y verdad, emancipación y lucha, responsabilidad y compromiso. Es muy interesante porque ella también señala que el concepto de memoria recorre un camino paralelo al de los derechos humanos, nacido a partir de este contexto del Holocausto, y rápidamente declarados como “universales”. Los testimonios y las experiencias declaradas por aquellos que los vivieron iluminaron la memoria social y colectiva de esa experiencia como un modelo que años más tarde funcionó como una matriz, no sin tensiones y problemas, para comprender las dictaduras militares del cono sur y otros procesos genocidas.

Entonces, puede decirse que la noción de memoria que nosotros queremos evocar en esta exhibición se enmarca en el deseo de asumirse como una bandera universal de lucha política, moral y ética.

Esta muestra nos permite decir y sumarse a la revalorización de la memoria resaltando acontecimientos insertos en la memoria colectiva de los argentinos, compartiendo el aporte que realizaron los judíos argentinos a las distintas áreas del quehacer nacional, en las artes, la ciencia y la cultura productiva de todo el país.

Acerca de la Muestra Vida Judía en la Argentina – Aportes para el Bicentenario

Hemos creado esta muestra como una gran instalación conformada por distintos focos que articulan un diálogo conceptual y que son en sí mismos instalaciones individuales que se despliegan en varios ámbitos.

El libro como concepto y objeto, como patrimonio y testimonio, es uno de los hilos conductores de la muestra. La elección del libro como eje conceptual está connotada por el destacado lugar que se le ha otorgado a la Argentina en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt edición 2010. Lo está asimismo por la frecuente mención al pueblo judío como el “pueblo del libro” y, en este caso, también por el significativo aporte que hicieron judíos argentinos al mundo de las letras, el pensamiento y la producción editorial.

Un hecho trascendente que no podemos soslayar es el significado concreto y también simbólico de lo que significa para nosotros realizar esta muestra en Alemania, y más precisamente en el Museo Judío de Berlín, relacionado intrínsecamente con el concepto de la memoria, nuestro otro hilo conductor. El punto de contacto con lo argentino, con lo judío argentino, está para nosotros simbolizado en la inscripción que existe en el Museo en su espacio “Ejes del exilio y Ejes del Holocausto” donde es mencionada la ciudad de Buenos Aires como uno de los destinos del exilio de los judíos que pudieron escapar de Alemania ante la persecución del nazismo.

Desde esta perspectiva, nos parece que al recibir el Museo esta muestra, está también recibiendo a quienes sobrevivieron a la masacre, como una especie de retorno, de reconfirmación de su compromiso con la memoria de quienes ya no están pero que siguen presentes en nuestro recuerdo. No se trata de un testimonio lacrimógeno, sino de una postura frente al porvenir, de una militancia activa contra la discriminación, la xenofobia y el fundamentalismo en cualquiera de sus formas.

Elegimos trabajar estos conceptos como una instalación integral articulada con distintas situaciones o instalaciones individuales. Una instalación, a diferencia de otras expresiones, pone énfasis en su relación con el espacio, es esencialmente la presentación de una idea y tiende a expandirse a partir de una acción envolvente. Este Museo recuerda el aniquilamiento a partir de la ausencia y el vacío. La nada se absolutiza y sólo quedan indicios de lo que alguna vez fue. Con estas instalaciones queremos convertir la nada en todo, las ausencias en presencias significativas, a través de hechos relacionados con la historia de la comunidad judía en Argentina. No estamos hablando de algo que no existe más, no como un hecho arqueológico sino como la materialización de un presente fecundo. Insuflar vida es la intención primaria de nuestra acción en el Museo Judío de Berlín.

Ensamblando ambos conductores, el del libro y el de la memoria, sentimos la necesidad de apuntalar este museo con columnas de libros, porque sin memoria todo se derrumba. Estos libros simbolizan quizás aquellos a los que se intentó destruir para siempre en las hogueras de 1933. Estas columnas de libros representan la supervivencia de la palabra frente a la ignorancia y a la intención de aniquilamiento. Son la semilla también de otros libros que todavía no fueron creados pero que nos servirán para expresar lo que todavía sigue siendo sinónimo de arte: una idea.

Cuando en 1933 se produjo la conocida quema de libros por parte de las juventudes hitlerianas en Berlín, parecía que las bibliotecas iban a quedar vacías. Hoy podemos decir que hace mucho tiempo ya que esas bibliotecas han vuelto a estar repletas, que aprendimos que quien quema libros después quema personas, que lo hemos aprendido también en la Argentina durante la última dictadura militar, que trabajamos de manera permanente para no acostumbrarnos a las tragedias, para que la memoria sea un verdadero antídoto y para que la expresión “Nunca Más” nos albergue como un principio irrenunciable de nuestra existencia.

En las próximas páginas ustedes se encontrarán con el despliegue conceptual y visual de estas acciones. Cada una de ellas responde a una acción-reacción con el lugar. La pregunta es qué decir desde aquí, y sobre todo cómo decirlo. La noción de procedimiento nos ocupa, es por eso que esta muestra comienza con la Librería del Bicentenario, que es realmente la librería de la memoria y cuenta con una colección de libros que corresponden a personalidades judías argentinas. Cada volumen transmite a través de imágenes y textos los aspectos más importantes de cada una de las personas que por su trayectoria han sobresalido con aportes a la dinámica historia de la Argentina. De ese largo listado seleccionamos arbitraria y simbólicamente doscientos nombres en representación de todos los judíos Argentinos.

Para que esta instalación tenga contundencia tuvimos que aportarle contenidos a la idea. Para eso trabajamos en dos aspectos paralelos. El primero fue generar y acordar el criterio de selección de las personalidades a incluir: ¿cómo estarían representadas las distintas épocas y las distintas áreas, quiénes podrían ser factibles de ser elegidos, etc.? Después de una enriquecedora discusión, decidimos que este conjunto de personas tenían que representar no solo a los judíos más famosos, tampoco a los judíos más significativos para la vida comunitaria, sino a aquellos que por su particular contribución fueron significativos para la sociedad argentina en su conjunto, en tanto pioneros o destacados exponentes que con su accionar generaron escuela, continuidad y cambios en sus respectivas áreas de trabajo. El segundo aspecto, muy importante para la muestra, fue que estos nombres también pudiesen ser accesibles para quienes se acercasen a esta Librería, para lo cual realizamos una investigación histórica y se redactaron biografías puntualizando el motivo de su importancia. Se produjeron doscientos libros diferentes, en veinte formatos distintos, en los cuales, tanto a través de su tapa como de su contratapa nos acercamos a cada historia de vida. Por otra parte, decidimos que el interior de todos estos volúmenes diferentes fuese igual, unidad en la diversidad, compartiendo un texto que se denomina: “Nosotros, judíos argentinos”, gente de todas las ideologías y ocupaciones dignas, que hacen el país día a día. Es que los judíos argentinos que crean y construyen la vida del país no son sólo los intelectuales, empresarios y profesionales destacados, sino todos los integrantes de este sector de la patria que aportan dignamente su mejor esfuerzo a la sociedad de la que forman parte.

Entre los libros, se podrán encontrar historias muy distintas que atraviesan todas las épocas. Algunos nombres son muy conocidos, otros son redescubrimientos o revelaciones. En todos los casos son historias con la capacidad de iluminar otras historias; es por eso que decidimos reproducir las biografías en su totalidad en este mismo catálogo. Es una librería para recorrer, elegir, hojear y leer, adentrándose en un mundo de creación.

Próximo a ella hay dos situaciones bien definidas, una es la acción Columnas de Apuntalamiento antes mencionada y la otra la Biblioteca Subterránea Il. Es importante volver a ellas. Las tres columnas de libros están apuntalando y sosteniendo simbólicamente este Museo. Los libros aparecen como soportes de la identidad y de la memoria. La elección de que sean tres las columnas está relacionada con la cita del talmúdico Pirkei Avot de Rabi Simón el Justo: “sobre tres pilares se sostiene el mundo, sobre la Torah, es decir el Pentateuco, ley, luz y verbo divino, sobre la Avodá, es decir el trabajo y el servicio, y sobre la Guemilut Hasadim, es decir la práctica del bien entre las personas”.

Todo el tiempo estamos dialogando con otros elementos de recordación. La obra “Biblioteca Subterránea”, que se encuentra en la plaza berlinesa August-Bebel-Platz y es un monumento del escultor israelí Micha Ulman es una biblioteca, es un espacio cuadrado, bajo tierra, contra cuyas paredes se ven anaqueles vacíos. En esta biblioteca faltan los libros. Se encuentra en el lugar exacto en el que el 10 de mayo de 1933 los nacionalsocialistas quemaron decenas de miles de libros. Ese día, fueron los estudiantes de la Universidad Humboldt, situada directamente enfrente del lugar, los autores principales de esa quema. En la memoria descriptiva de su obra, el escultor, que trabaja desde la ausencia, explica que crea lugares vacíos, porque ellos nos permiten el encuentro con uno mismo y la posibilidad de recordar.

Frente a tanta barbarie, frente al exterminio, el legado que nos trasmiten los sobrevivientes del Holocausto es que la mejor forma de resistir es sobrevivir, responder con más vida y más creación a la intención del aniquilamiento del pueblo judío. Es por eso que 65 años después de haber finalizado la Segunda Guerra Mundial, y en el marco de una muestra en Alemania sobre los judíos argentinos, nos proponemos llenar simbólicamente el vacío, llenarlo con libros en la biblioteca, como testimonio absoluto del triunfo de la vida por sobre aquella voluntad de aniquilación total. No se trata de la exhibición del horror, sino de una práctica formadora. Se trata de una acción material, simbólica y funcional, por eso construimos la instalación Biblioteca Subterránea ll atiborrada de libros, o sea de producción humana, de vida.

Los lugares se habitan y se transitan, también se construyen. La instalación Vereda de la Memoria ocupa un gran pasillo reconvertido en camino. En ella se reproducen estéticas de baldosas y placas que en diferentes geografías están dedicadas a motivos de recordación y de repudio al odio, tanto en Alemania como en Argentina.

Las placas de bronce son parte de un proyecto denominado “Stolpersteine” que realiza el artista alemán Gunter Demnig, destinado a preservar la memoria de quienes fueron masacrados durante el nazismo. Comenzó en Colonia un 16 de diciembre de 1992, frente a la Municipalidad de la ciudad, recordando la deportación de gitanos, para posteriormente centrarse en los deportados judíos. Este proyecto se expandió y hasta el presente se han colocado más de 22.000 “Stolpersteine” en 530 ciudades y comunas en Alemania, Holanda, Bélgica, Austria, Polonia, República Checa, Ucrania y Hungría. Estas pequeñas placas de bronce están siendo colocadas en el piso de la entrada de las casas donde vivían ciudadanos judíos que fueron deportados, indicando su destino final.

En Argentina, a partir del año 2006, vecinos de diferentes barrios, quizás sin saberlo, hicieron algo similar. Se organizaron para marcar el paso de los “desaparecidos”. Desde entonces colocan baldosas que los recuerdan en los lugares donde vivieron, estudiaron, trabajaron o fueron secuestrados durante la última dictadura militar.

En Buenos Aires, por iniciativa de la legislatura porteña, en el año 1999, en la calle Pasteur -calle donde se encuentra la AMIA, en sus dos veredas hay colocadas placas que recuerdan a las 85 víctimas del atentado a la AMIA perpetrado el 18 de julio de 1994. Allí, en esas veredas se plantaron 85 árboles y se colocaron en el piso mármoles rectangulares con el nombre de cada una de las víctimas.

Estos acontecimientos tienen en común la necesidad de generar acciones por la memoria para poner freno al olvido. Que esta recordación esté marcada en el piso y que ya sea parte indisoluble de nuestras calles habla de la memoria y la recordación no como un hecho efímero sino con la contundencia de lo permanente.

Si bien cada uno de estos tres hechos es completamente diferente y responde a causas distintas, hoy nos reunimos en el mismo lugar entendiendo que la memoria es una. Para eso construimos esta instalación que es una vereda de 20 mts de largo por 1 m de ancho en la cual se han colocado estos tres tipos de placas homenajeando a los masacrados por el nazismo, a las víctimas del atentado a la AMIA y a los desaparecidos durante la última dictadura militar en Argentina. De la misma forma que “quien salva una vida, salva al mundo entero”, uno podría inferir que quien silencia una vida intenta silenciar a toda la humanidad. Esta vereda termina en la entrada de la instalación permanente del Museo Judío Berlín denominada Shalekhet.

Cuando salimos de esa intensa experiencia nos enfrentamos con otra vereda que es la instalación Vereda de la Memoria Compartida.

Vivirán tanto como nosotros porque los recordamos es la idea principal de este espacio, para que cada uno pueda incorporar el nombre de un ser querido, para que todos seamos parte de la construcción de la memoria, como una obra colectiva va obteniendo su fortaleza a partir de la participación de todos.

Cada uno podrá tomar una de las maderas disponibles, escribir un nombre y depositarlo generando una nueva placa de recordación. Como también nos habita el contexto, todo el recorrido está enmarcado por una gran línea de tiempo que comienza en el año 1860 con la llegada de los primeros judíos a la Argentina y se extiende hasta la actualidad.

Tiene tres líneas de lectura: los acontecimientos mundiales más significativos, lo que ocurría en ese mismo momento en Argentina y el desarrollo de la comunidad judía en el país en el mismo periodo.

No todos recorrerán la muestra del mismo modo; hay algunos que la caminarán rápidamente, otros se detendrán en los libros o en alguna de las otras instalaciones, pero nos parecía importante realizar esta línea de tiempo para quienes estén interesados en saber más sobre el desarrollo histórico. Esta investigación en su totalidad también se encuentra desplegada visualmente en este catálogo.

Creemos que las palabras y las imágenes son parte esencial de la estética. No se contradicen ni se contraponen, ni siquiera una de ellas vale más que mil de las otras. Simplemente posibilita extender la mirada a partir de la mirada del otro, retener imágenes que son parte constitutiva de nuestro imaginario pero que también reflejan un lenguaje. El espacio denominado Imágenes del Cine Argentino es una selección de fragmentos de películas producidas en nuestro país que se acercan de una u otra manera a la temática judía. Para representar el abordaje cinematográfico elegimos 23 films donde se muestran diferentes visiones de la historia y de la cultura judía en este territorio, como una aproximación a la identidad judía y su aporte a la diversidad cultural. El recorrido incluye trabajos que narran la historia de los judíos desde los primeros asentamientos rurales en el país hasta la actualidad. De esta manera, se entrelazan películas hechas en distintos momentos sobre un mismo abanico temático. Sin duda constituyen un aporte contundente como fuente de la memoria.

Queremos decir con esta muestra que la identidad se constituye y se fortalece en la diversidad. Desde esa diversidad es desde donde todos y cada uno puede hacer su aporte.

Queremos que esta muestra sea testigo de su tiempo, que homenajee, conmemore y de a conocer pero que también cuestione. Que intente involucrar al otro a través de su participación.

El trabajo del olvido es lento pero permanente, la memoria también es verbo que debemos conjugar en tiempo presente: yo recuerdo, todos recordamos.

FICHA TÉCNICA

Título: Vida Judía en la Argentina – Aportes para el Bicentenario
Fecha: Septiembre y Octubre 2010
Se expuso en el Museo Judío de Berlín
Se realizó un libro para esta muestra

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